sin salida.
La plaza es graciosa aunque no tiene nada especial. Apenas un ensanche con unos cuantos árboles, pero resultaría muy agradable sin los coches que la ocupan.
Ahora podemos intentar entrar la iglesia de San Justo, si está
abierta.
La iglesia como tal es decepcionante, pero siempre Toledo nos guarda sorpresas. La que toca aquí es la capilla que está en la cabecera de la nave de la izquierda donde nuevamente nos encontramos con la mezcla de estilos cristianos y musulmanes. La restauración que se hizo a principios de este siglo puede desconcertar un poco el colorido. Tiene un artesonado de mocárabes En esta iglesia, en una capilla de la nave de la derecha, se encuentra el enterramiento de Juan Guas y su mujer, que están pintados en el muro.
Salimos de la iglesia y retrocedemos hasta la calle de San Juan de la Penitencia que se abre a mano derecha, rodeando el ábside de la iglesia. En esta calle hay alguna casa interesante con galerías de madera en los pisos y patio.
En esta calle se conserva el único resto original del convento de San Juan de la Penitencia, una portada gótica y poco más. Lo fundó el cardenal Cisneros en el siglo XVI, para educar doncellas huérfanas. Estaba lleno de obras de arte, pero en la guerra civil se incendió y esto es lo que hay.
Seguimos por la calle, que cambia de nombre para llamarse ahora calle de San Lucas como la iglesia ante la cual termina.
Esta iglesia es parroquia mozárabe. La restauración le quitó todos los aditamentos que dejaron el tiempo y los hombres, con lo cual han quedado una típica y casi tópica iglesia mudéjar de mampostería y ladrillo. Pero merece la pena entrar porque es la única de las toledanas que conserva el lugar que ocupaba el cementerio convertido en un delicioso jardincillo.
Una vez fuera de la iglesia seguimos por la carretera de la Cornisa. En el muro que delimita la carretera hay un balcón, pertenece a la casa y jardín llamado cigarral de los Canónigos, porque allí venían a descansar y hacer sus tertulias.
Un poco más abajo está la mole del convento de las Jerónimas de San Pablo, con celosías de madera en los huecos del muro.
Si seguimos por la acera de la izquierda, disfrutando de las amplias vistas del Valle, unas escaleras nos invitan a bajar al barrio del Alhandaque y un callejón a la derecha, el del Pitote, nos retrotrae a la época medieval con el piso saliente de su primera casa de la derecha, casi tapando la vista del cielo. Salimos a través de él a la Bajada del Barco, y llegamos hasta la orilla del río.
Allí el embarcadero y a mano izquierda se ve la llamada casa del Diamantista, una casa completamente reconstruida que se refiere a una leyenda de amores y celos de un famoso joyero casado con una hermosa mujer.
La barca que atraviesa el río desembarca a los paseantes en el arroyo de la Degollada, llamado así por una muchacha que resistió las demandas deshonestas de un fraile que la degolló en ese lugar. Cerca de allí, se ven aún los restos de la última herrería que hubo en Toledo y el río está lleno presas y construcciones arruinadas.
Esta barriada estaba habitada por los herreros y los que trabajaban los tejidos, especialmente los tintoreros, y los curtidos, por ello este barrio es llamado el de las Tenerías y tenía fama de malos olores.
Preparémonos ahora porque volvemos a subir. Girando a la derecha nos encontramos con un torreón fortificado, la puerta del Hierro.
Subimos por la calle de la Tahona y la de los Tintes y llegamos otra vez a la Bajada del Barco, que para nosotros es subida.
De las edificaciones de la derecha las primeras corresponden al convento de Jerónimas de San Pablo que ya hemos visto desde arriba y, sin solución de continuidad el convento de la Concepción Benedictina, donde dicen los antiguos historiadores de la ciudad que se conservaba el cuchillo con el que degollaron a San Pablo, traído del convento de la Sisla, que estuvo en el Valle. La puerta de la iglesia de este convento se abre a una plaza.
Subimos por el callejón de escalones, a la derecha, que se abre después de este ensanchamiento y giramos a la izquierda por la calle de San Lorenzo, que parece un laberinto.
En un recoveco está la entrada de la iglesia de San Lorenzo, de la que se conserva poco, apenas la torre, porque sufrió un incendio.
Mirando a la izquierda ¡sorpresa! el último piso tiene una hermosa galería de arcos rebajados con antepechos decorados con motivos platerescos.
Y a la derecha el palacio de Munarriz. Debe su nombre a un canónigo obrero de la catedral que fue el impulsor de la construcción de la campana gorda de la que hemos hablado.
La portada es copia de la original que se trasladó al Cigarral del Angel, en la carretera de la Bastida.
Y otra vez a la Bajada del Barco, que atraviesa la plaza del Colegio de Infantes.
El colegio está construido sobre el solar de los baños del Cenizar, que eran públicos y propiedad de la catedral hasta que el cardenal Silíceo mandó a Alonso de Covarrubias que construyese el colegio para formar a los niños que formaban parte de los Seises, el coro infantil que cantaba en la catedral.
La portada del Colegio queda a mano izquierda y es muy curiosa, obra de Francisco de Villalpando, autor de la reja del altar mayor, los púlpitos y las hojas de bronce de la portada de Puerta de la Alegría en la catedral.
Por estos lugares habitaba y tenía su taller de herrería Domingo de Céspedes, el autor de la reja del coro de la catedral. La cuesta continúa y en ella casi cada casa merece una detenida mirada. Las hay de para todos los gustos.
Y, por fin, desembocamos otra vez ante la girola de la catedral. Podemos aprovechar para descansar en alguno de los bares de las Cuatro Calles o seguir a la izquierda por la calle del Deán, si queremos a hacer una nueva visita a su interior.
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