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los ojos de Minerva

Racional / irracional: una frontera en constante movimiento


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ORSON WELLES
(o la leyenda de sí mismo) (1915-1984)

El símbolo pierde fuerza en cuanto se alambica; seguramente por eso, los símbolos que nos resultan más atractivos y perfectos son los que, además de armónicos, se integran de retorno sin dificultad en su ámbito generador. Y es que el símbolo, aunque no se estudie en los manuales de biología, es expresión de vida y, como tal, dinámico.

Como todo, el dinamismo tiene evocaciones peculiares; entre las primeras está, para un occidental del siglo XX, el cine que, en esta óptica, es el transcurrir que tiene por alma un inquieto haz de luz que -extraño espíritu santo- vuela sobre las cabezas de los congregados en la oscuridad del lugar... y éstas no son palabras hueras de uno de tantos aficionados a la poesía; baste, sólo, con recordar un nombre, Orson Welles.

¿Por qué él? Ni motivos se necesitan; una coincidencia: como otras grandes personalidades de la historia de la humanidad, tiene su propia aureola de leyenda y eso, en la era de la comunicación y los mass media, no deja de tener su gracia.

Sed de mal

Nacido en 1915, sus padres se divorciaron cuando él tenía 6 años. Quedó bajo la custodia de su madre que, aconsejada por el médico de la familia, se ocupó de que su hijo tuviera formación en todo tipo de expresiones artísticas; esta primera formación le llevó a emprender una carrera teatral que comenzó en Irlanda al comienzo de la década de los 30 y que muy pronto alcanzaría notables dimensiones cuando, a finales de esa misma década, monta en Broadway el "Julio César" de Shakespeare. Acogido muy favorablemente tanto por parte de crítica como de público, es la primera aparición de lo que será una de las constantes de su trabajo: la atracción que sobre él ejercerán los arquetípicos personajes del gran dramaturgo inglés.

Pero un hombre con su amplitud de recursos tenía que probarse en distintos campos: aquéllos fueron los grandes años de la radiodifusión y para ella montó, entre otros, el mismo "Julio César"... o puso voz a La Máscara, el clásico personaje de comic. Fue, precisamente, una de esas adaptaciones radiofónicas la que supuso su lanzamiento al estrellato, La guerra de los mundos de H.G. Wells (al cabo de los años ironizaría con esto, afirmando que por lo que hizo a otro le hubieran llevado a la cárcel y, sin embargo, a él le llevaron a Hollywood). Lo que ocurrió con este trabajo es que muestra, de forma magistral, lo que será otra de las constantes de su hacer: la profunda comprensión del medio que utiliza para, así, poder sacar el máximo de él... aunque el resultado práctico fuese tan discutible como el de poner el estado de New Jersey al borde del desastre.

A Hollywood llegó acompañado del grupo de actores que venían colaborando con él y que, con él, se habían hecho célebres: el "Mercury Theatre". Mercurio... el mensaje preciso del dios lo quintaesenciará la historia; lo que de él se puede decir hoy es que su envoltura era un tópico de los medios de comunicación de masas, el de hombre del día; sólo así se explica que sirviese como pretexto a una de las historias de Patt Hobby, o que un reconocido maestro de la fotografía como Gregg Toland llamase a su puerta pidiéndole trabajar con él. Y lo hizo. Y el resultado fue Ciudadano Kane, un film que revolucionó la historia del cine y que le supuso-también- multitud de problemas profesionales para el resto de sus días.

Tras El cuarto mandamiento y El extraño, Welles nos regalará -antes de salir casi definitivamente de Hollywood- La dama de Shanghai, en donde la deslumbrante secuencia del tiroteo en el laberinto de espejos -¿la habría mejorado si se la hubieran dejado montar?- ha quedado como uno de los paradigmas de la creación cinematográfica Dama de Shangai

Si lo dicho hasta aquí resulta demasiado evanescente para según qué personas que, al modo de los ceramistas, les gusta tocar, amasar la materia (que lo es, por muy espiritual que sea), es que esas personas están echando de menos 1º) unas palabras, concretas e inequívocas, que muestren sin dudas una toma clara de posición y 2º) unos hechos que respalden esas palabras... es que ahí hay un requerimiento que debe ser atendido.

1º) Palabras.- A la pregunta del periodista de si era posible ser un hombre del Renacimiento en nuestros días, ser alguien que se encuentre igualmente cómodo en las artes que en las ciencias, su respuesta fué:

No sólo es posible sino necesario. El gran problema que nos aguarda es el de la síntesis. Tenemos que reunir todas estas cosas desperdigadas y darles un sentido. La mayor locura es avanzar en un sólo terreno. No solamente para el individuo sino para la sociedad es mejor que nuestros horizontes personales sean lo más amplios posibles. Por ejemplo, además de saber algo sobre teatro isabelino, creo que también podría echar un cuarto a espadas sobre los principios básicos de la fisión nuclear, una charla lo bastante aceptable para vivir en el mundo de hoy. No me puedo limitar a decir "Es un misterio que debe dejarse a los científicos"...1
2º) Hechos.- Al comenzar estas líneas afirmábamos que el símbolo es vida; lo que ocurre es que no se trata de cualquier vida, sino de la humana... y eso implica una dimensión ética. Por tanto, los hechos en los que debemos fijarnos para concretizar son obligados: ¿qué personajes? ¿qué historias elige para trabajar sobre ellos? Pues bien, de entre los que constan en cualquier manual de literatura están Macbeth y Otelo, así como el José K. de El Proceso o ese Quijote muerto antes de nacer. Pero es que el resto -y, a lo tonto, avanzamos en el recorrido de su filmografía- no le va a la zaga... por mucho que entre ellos haya algún tullido (el Banister de La dama de Shangai) que se crea por encima de todo y de todos... o quien quiera emularle, el Quinlan de Sed de mal que entiende que él es el paradigma de la ley.

Por seguir, hay argumentos -"o hechos"- para continuar insistiendo en lo mismo: la puesta en cuestión de lo real en Fake o el mágico devenir de esa misma realidad de Una historia inmortal, la vuelta a su eterno mundo shakespereano que supone Campanadas a medianoche... y claro, ese eterno Kane.

Puede que, a fin de cuentas, la palabra clave sea ETERNIDAD ya que -cada uno a su manera- todos esos personajes lo que ansían es lo que el Dr. Fausto fue incapaz de conseguir... por que podemos llegar al mismo punto desde el lado opuesto, una precisión ontológica que nos hace la filología, la de que ETERNIDAD tiene su opuesto en EXISTENCIA:

"Existir" significa en latín ex-sistere, ser ex, expulsado. ¿De qué? De la innominable trascendencia. Por tanto, del misterio, no entendiendo éste como entidad, Substancia o Persona, sino como vacuo, vacío de significado comprensible, vacío de toda atribución distintiva, de toda tension, de toda intencion, de toda modificacion. La existencia es imaginada como "expulsada'' de la armonia infinita del silencio.2

notas

1 Entrevista, en DIRIGIDO POR... ORSON WELLES, Barcelona, 1974, p. 14. Volver al texto

2 Paul Diel, Los símbolos de la Biblia, Mexico, 1994, p. 67. Volver al texto


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Autor: Julio Sánchez Trabalón
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