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los ojos de Minerva

Racional / irracional: una frontera en constante movimiento


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J.S.T
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PROEMIO A UNA METAFISICA DEL DEVENIR

nostalgia

Los grandes poetas lo son por muchas motivos aunque, a efectos de la reflexión filosófica, destaca una razón: los temas que son capaces de corporeizar en pocos versos, en contadas líneas de prosa, saben agarrarnos de inmediato; no es necesario estar en antecedentes puesto que las palabras ante las que nos topamos podrán ser mínimas...no importa, se bastan y sobran. Por ejemplo:

--¿De qué se hace la nave más ligera para ir a los feacios?
--De palabras, Ulises. Te sientas, apoyas el codo en la rodilla y el mentón en la palma de la mano, sueñas y comienzas a hablar: "Navegaba, alegremente empujada mi nave por Bóreas vivificador en demanda de la isla de los feacios felices, vestidos de púrpura desde que amanece hasta que anochece...Pero para regresar, Ulises, la nave de las palabras no sirve. Hay que arrastrar la carne por el agua y la arena."
1
Desglosemos:

  • Para ir a los feacios, ser uno de ellos y compartir su felicidad --aunque sea, ¡ay!, con la temporalidad del viajero-- la nave que hay que tomar es la de las palabras.
  • El viaje de ida se realiza en sueños y la palabra es materia onírica de primera magnitud.
  • Por contra el de regreso es somático y para arrastrar el cuerpo no hay sueño que valga (el cuerpo se fatiga, pesa y, al final, duele).
De acuerdo a semejante visión disponemos de dos mundos: el del sueño, la palabra y la felicidad de un lado y el de la vigilia, el cuerpo y el esfuerzo por otro. Sucede que somos naturales de éste y, seguramente por eso, apetecemos aquél... claro que quien haya tenido la fortuna de tocar puerto en este dulce ensueño ¿por qué tendría que abandonarlo? Tendrá que hacerlo por no ser hijo de aquella patria. Eso, desde luego, no obsta para que, al marchar, sea invadido por un sentimiento de nostalgia.

37

El gran poeta se ha mostrado como tal regalándonos una explicación tan eficaz como hermosa de algo dicho y repetido de mil y una maneras: que la palabra es rasgo distintivo del humano. El reto se presenta ante quien considera todo esto como fantasías de poeta sin más valor que el del mero pasatiempo. ¿Sus argumentos? Probablemente ni se molestaría en ir más allá de demandar a cualquiera que asienta emocionado a lo que dice el poeta una definición de palabra inequívoca, algo parecido al 37 al que alude Frege cuando escribe: Reloj

[Muchas personas] no consultan un diccionario como lo hacen cuando consultan un libro de historia sino más bien como si se tratara de un libro de tablas matemáticas...Como la raíz cuadrada de 1369 es y siempre será 37, independientemente de lo que cualquier persona haya pensado, dicho o hecho, y este dato está sin duda correctamente registrado en nuestro libro de tablas matemáticas, del mismo modo los hombres piensan que el significado de una palabra es y será siempre el mismo, sin tener en cuenta como han hablado o escrito los hombres en el pasado, y que ese significado eterno e independiente está perfectamente asentado en nuestro diccionario. Así como un ingeniero que se aparta de las tablas matemáticas termina por fracasar, la gente cree que un escritor o un orador que se opone al diccionario también fracasa.2
¿Qué podríamos decirle a quien así objetara? ¿Que debe leer el Evangelio de San Juan y que más que como sustantivo debería entender la palabra como verbo? ¿Que el ser humano carente de palabra no es humano? ¡Si hasta los animales apartados de su grupo social sufren problemas equivalentes a los humanos en esa situación! ¿Acaso se parece algo de todo esto al 37 de Frege? ¿Botones de muestra? Ahí va un pequeño cuarteto:

  1. el ser vivo --y el ser humano también, claro-- aparece en el mundo en el nacimiento y sale de él en la muerte. Lo curioso del caso es que nacimiento y muerte sólo apelan la reflexión cuando conciernen al propio ser humano por la dimensión trascendental que afirma poseer; nuestra palabra es, precisamente, argumento esencial en la defensa de esa dimensión.
  2. el ser humano constata el orden del mundo, un orden al que él no llega ni de lejos y ante el que se tiene que limitar a ser sujeto pasivo. Por otro lado también constata que, a lo que alcanza, ese orden del mundo que vive está conformado alrededor de su propia verbalización. Se pregunta entonces si será producto de algún ser mucho más poderoso que él (y, claro está, de una palabra mucho más potente...insiste San Juan).
  3. el ser humano es testimonio vivo de que eso es así ya que es incapaz del menor acto de autosuficiencia hasta mucho después de su nacimiento y necesita organizarse de manera óptima para asegurar supervivencia y propagación de la especie. Herramienta fundamental en la obtención de estos resultados es la palabra, y lo es hasta el punto de que al ser humano le costará mucho trabajo reconocer como iguales a aquéllos que, aún manejándola, no la utilizan igual que él.
  4. La cosa llega a tal extremo que incluso es la palabra armonizada en el canto --el del viajero que, camino adelante, canta por el mero placer de escucharse a sí mismo, por ejemplo-- la herramienta de orden que el ser humano utiliza para reconocerse, para armonizarse consigo mismo...3
A excepción de esta última --es obvio que el hombre no ha sentido nunca especial placer por la soledad, pero ése es otro problema-- las otras tres son cuestiones más que sabidas y las podemos encontrar planteadas en términos capaces de satisfacer los gustos más rebuscados o extravagantes pero, ¿y las respuestas? Es fácil sumarse a aquéllos que afirman que la palabra es el rasgo distintivo del ser humano, desde luego pero, ¿y la objeción del poco interesado en poesía? Porque, además de estar muy lejos de esa falta de equivocidad que tanto nos gusta, resulta que las múltiples definiciones de palabras que hay no brindan soluciones sino que presentan problemas, y problemas esenciales.

dios

La cosa no sólo no queda ahí sino que se embrolla al infinito cuando determinadas gentes tienen la ocurrencia de absolutizar esa palabra deificándola; y es que, si todo lo que se dice que es palabra de Dios en efecto lo es --¡Dios nos guarde de que así sea!-- se concluiría de ello que el ser así denominado sería un humorista que, usando una expresión suave, bien podríamos calificar de discutible gusto. Por eso parece prudente dejar a Dios y Su palabra en paz y centrarse en ese otro dios --así, con minúscula-- que de hecho es la palabra humana. En semejante ubicación mental hay que atender una pregunta obvia, ¿qué es palabra?

Sería la unidad mínima de sentido completo, todas y cada una de esas unidades que posteriormente utilizamos para construir la complejidad de las frases con las que ordenamos el mundo.

¿Qué crítica podemos hacer a esta definición? La de siempre: ver qué dice y qué, por contra, no dice; por tanto:

1) Lo que dice.- Lo que dice es nítido y terminante: orden. Si el mundo se nos muestra ordenado es porque lo vemos a través del filtro de la verbalización, nuestra puerta de acceso a lo que llamamos ``mundo objetivo''. Pero, ¿es que el animal no encuentra rasgos significativos en su ámbito, rasgos que le sirven para entenderlo y moverse en él? Es obvio que sí; la diferencia está en que en el ámbito del animal no hay ``orden'' en sentido humano: el orden en sentido humano implica posibilidad (¿hay algún orden único en algo humano?) y por tanto apertura --que de hecho se dé o no es otra cuestión--; por tanto, si hay orden quiere decir que nos encontramos con ámbitos que son susceptibles de cogerlo para sí y, en última instancia, con un mundo inacabado.

Esto, a su vez, tiene una consecuencia impresionante: si el mundo está inacabado quiere decir que podemos hacer el devenir con él (con la responsabilidad que, inexcusablemente, implica). Las posibilidades, en principio, no tienen otros límites que los nuestros propios (lo que tampoco es cuestión baladí.)

2) ¿Qué es lo que no dice?.- Mucho... Muchísimo... Demasiado... y la mejor prueba de que eso es así es la enorme variedad de estructuras lingüísticas --y sus distintos grados de desarrollo-- que encontramos mundo adelante. ¿Entonces? Tanto lo positivo como lo negativo apuntan a un dato que en la historia del pensamiento occidental tiene un lugar preponderante, el de la separación de sujeto y objeto que, si bien es muy antiguo, nunca se entiende de forma absoluta hasta que Galileo pone las bases con su postulado de que la naturaleza está escrita en caracteres matemáticos (lo único que le faltaba a Descartes para poder llevar a cabo con toda facilidad su corte ontológico).

Entendidas así las cosas, esto quiere decir que esa palabra exclusiva del ser humano le dota de una nueva característica: por excelencia, es el ser des-integrado4... ¿Cómo leer todo esto? Regresemos de nuevo a la observación de Frege.

Parece que todo el problema viene de nuestro afán de seguridad a que allí se alude...claro que eso deja en el aire si se debe a ansia de dominio del mundo, con los inevitables cambios que de inmediato se seguirán para acomodarle a nuestra manera de ser, gustos, intereses, ambiciones, etc. De paso, por supuesto, nos afanamos en que la palabra sea inmutable, como si estuviese en condiciones de responder a esa exactitud que pretendemos.

Luces de ciudad El segundo lado por donde pudiésemos buscar la raíz de todo esto sería una inseguridad esencial que tratamos de compensar; en otros términos, surge la duda razonable de si esa sensación de inmutabilidad no tendrá, precisamente, un carácter psicopatológico. En cualquier caso, ese sería un asunto muy largo. Aquí nos conformaremos con reparar en algo mucho más simple: ¿en qué nos apoyamos para creernos esa sensación de inmutabilidad?

des/integración

Para una respuesta inmediata la contestación es obligada: en el diccionario y sus definiciones. Lo que ocurre es que en este asunto necesitamos algo con más peso histórico que el diccionario, herramienta con muy poquitos siglos de existencia y que, además, tampoco surge de la nada, sino que se apoya en este sentimiento de que la palabra tiene una validez absoluta (estamos hablando de algo que nace en unos pueblos en los que este sentimiento es muy fuerte, puesto que se trata de gentes que poseen un libro revelado y eso quiere decir que lo que está escrito allí, en palabras en principio idénticas a las que usa cualquiera, es nada menos que palabra de Dios...y ni usted ni yo lo somos).

¿Qué matiz aporta la aparición de Dios como palabra revelada en este proceso? Uno sustancial: justamente el de la des/integración. Esto quiere decir que cuando el hombre usa la palabra para responder a los retos de sentido que le plantea una trascendencia misteriosa, la misión de la palabra es poner de manifiesto el sentido del misterio; será así inseparable del misterio y, en lo que al hombre toca, en última instancia, la palabra nunca sería otra cosa que misterio.5

Reparemos que el calificativo revelada nos habla de una palabra que no es humana; como se deja comprender, parece humana... La reflexión resulta, pues, inevitable: si por estar dotados de palabra nos sentimos superiores a los seres del mundo y, sin embargo, hay una palabra que, incomprensiblemente, aparece a nuestro nivel desde algún misterioso y desconocido niver superior, ¿Cómo debemos entender este hecho? Condescendencia tal, ¿no será una indicación para que nos sometamos a él?

En cualquier caso, de lo que no puede caber duda ninguna es que de aquí se desprenden consecuencias enormemente humanas: si ordenamos el mundo gracias a la palabra y hay una palabra que es mucho más poderosa que las demás, entonces, si me hago con ella, me estoy apropiando de un valor superior: surgen personas --tampoco de la nada, claro, que para eso había una ilustrísima tradición detrás-- que, por distintos motivos, reclaman su cercanía al sentido de dicha palabra, lo que de inmediato las inviste de autoridad sobre sus congéneres...Mucho más cuando esa palabra resulta técnicamente enriquecida con la escritura: es herramienta de más poder y, por tanto, de todo punto apetecible (¿merece la pena insistir? Todo esto y lo que de ello se sigue es muy bien conocido y muy poco reflexionado).

En otros términos: con la palabra se puede tener distintas relaciones y, cuando queremos meditar respecto a ello, no nos queda otro remedio que hacerlo desde la relación que, de hecho, tenemos con ella...porque es la que nos señala el punto, el hiato ante el mundo que el ser humano reflexivo se ha planteado desde siempre. Así, su problema es nítido: ¿qué hacer para ligar sus partes?

  • Lo que quiera que sea va a tener siempre una dimensión verbal (en caso extremo, el desprendimiento del verbo del satori zen) puesto que verbal es el problema.
  • De la manera que sea, ha de ser capaz de sobrepasarse a sí mismo, puesto que la solución que buscamos debe funcionar como puente de unión entre la verbalización personal y el mundo.6
¿Qué hacer ante esto?

El primer dato con que contamos es el propio mundo como infinito generador de sugerencias (que nosotros seamos parte del mundo es la enésima cuestión sustancialísima que no vamos a tocar aquí) y es obvio que para nada estamos ante algo que ni por asomo recuerda las solemnes ambiciones de sentido inequívoco que tanto querían llamar nuestra atención...y mucho menos al constatar que el doble proceso de posible actuación del párrafo anterior nunca se presenta cerrado7. Así que, de momento, hay una única cosa clara: nada de esto funciona sin voluntad de aceptar y participar en el juego.

También hay una segunda cosa clara: esas dos posibles líneas de actuación no son excluyentes sino que, por denominarlas de algún modo, son dos rampas, dos puntos de referencia desde los cuales es posible lanzarse a la acción.

¿Y qué acción? Porque la materia con la que estamos pretendiendo trabajar es la evanescente palabra: ¿qué se puede hacer con ella?

Magia metafísica. La fijeza de la palabra a que se refería Frege se pierde en cuanto es puesta a funcionar en la doble lanzadera que le da la posibilidad de volar. Ese simple hecho la convierte en imagen, imagen (o flecha) que apunta a un objetivo que, no importa cual haya sido su condición ontológica anterior, por el mero hecho de encontrarse en tesitura semejante ES,lo que en modo alguno quiere significar la consecución de algo definitivo: siempre nuevas imágenes pueden venir a matizar y enriquecer la previa, incluido el caso de habilidad, fortuna, inspiración o lo que quiera que sea en que el blanco se haya logrado tan en el centro que no haya necesidad alguna de nuevos intentos.

¿Y no es curioso todo esto? Porque lo que estamos haciendo no deja de ser el intento de entender una herramienta más allá de los límites de su naturaleza, ¿o no? Vayamos por partes:

-- por un lado, a estas alturas es más que obvio que el uso de la palabra como imagen toca lo ``inefable''

-- por otro, la organización del mundo no existe sin referentes espacio-temporales que son los que nos proporcionan un marco de sentido.

El mecanismo verbal que atiende a estos dos requerimientos --y volvemos a las cosas con las que contamos-- es, desde luego, la metáfora.

metáfora

Si las cosas son así, habría que ir tratando de localizar qué es lo que está ocurriendo con tanto no querer ver por un lado, y sacar pecho por el otro, con esas sospechosas exigencias de rigor: sigue sin aparecer por ningúna parte es algo que hable en contra de que la palabra sea la herramienta más potente del ser humano.

Y es que, lo que hay aquí, es un uso deificante de la palabra mucho antes de que Dios haya dicho nada: es el ser humano, con su actitud, el que reclama y es capaz de hacer aparecer esa palabra de Dios en la que encuentra una seguridad que no consigue de ningún otro modo; todo esto arranca de está dinamica: cuando el ser humano se mete en ella, hace metáfora. ¿Qué es metáfora?

Metáfora es el resultado de determinado proceso mental, tan difícil en su definición como nítido en su plasmación práctica. Por eso, mejor que intentar por enésima vez su definición --que con toda seguridad tendrá resultados tan discutible como siempre--, nos conformaremos con su descripción que, con no menos certeza, nunca será incuestionable. No obstante, sus más modestas ambiciones conceptuales ofrecen más garantías de lograr resultados prácticos...

Praga, reloj El planteamiento moderno del problema parte de Vico que en su Principi di scienza nuova (1744) trata de encontrar un criterio que le permita separar el uso racional y científico del lenguaje del discurso poético de místicos y metafísicos. ¿Cuál es su propuesta?

De partida, necesitamos dos conceptos: el proceso será utilizar uno de ellos para referirnos al otro. En términos más coloquiales, necesitamos dos referentes que muestren alguna clase de similitud gracias a la cual podamos establecer una relación entre ellos.

De este modo, nos encontramos con dos tipos de vivencias lingüísticas:

1) Uso de palabras asociadas a una experiencia común con el fin de evocar otra experiencia que pudiera ser accesible a cualquiera que oyese (o leyese) la metáfora. Por ejemplo si yo, al contarle mi viaje por carretera a un amigo, le digo en determinado momento "Chico, ¡el coche volaba!", no cabe duda que él entenderá mi metáfora porque tanto el vuelo como el viaje por carretera están comprendidos en el rango de las experiencias que actualmente le son posibles.

2) El segundo modo de llevar a cabo esta conexión de conceptos no está relacionado con la experiencia posible: cuando nos topamos con imágenes del tipo ``las alas de la mañana''...o cuando Quevedo concluye aquel Amor constante más allá de la muerte con el sorprendente ``...polvo enamorado'', no hay posibilidad alguna de interpretar estas palabras como descripción de una experiencia que el poeta haya podido tener. Entre el polvo que todos conocemos y la vivencia de enamorado hay un hiato para todos...menos para el poeta que, gracias a alguna impensable maniobra por él sólo conocida, ha conseguido salvarlo. Así, donde antes contemplábamos dos orillas de imposible unión, ahora vemos un incuestionable puente. ¿Qué ha logrado con ello?. Ha desvelado la huella de lo misterioso.8

Lo que de aquí se sigue y las posibilidades de discusión que encierra vuelven a sobrepasar con mucho la modesta longitud de estas páginas. A pesar de eso, y antes de seguir ruta, no está de más subrayar la idea que debe quedar clara ahora: tras deshacer la unidad del mundo con la navaja del lenguaje, el ser humano constata que necesita unirlo y, al no contar con medios adecuados, no le queda más remedio que dibujar rebuscadas maniobras para, de alguna manera, obtener un resultado mediocre. La idea es tan fuerte que ¿por qué resistir la tentación de copiar unas frases esenciales del texto de von Glasersfeld recien mentado? ``The point that is relevant here, is that the concept of unit is dependent on the endless flow of experience. (Our experience is without ends, because as rational observers we awoke only long after it began, and we shall no longer be there when it ceases.)''

descubrimiento de la cualidad

Esa necesidad toma así una fuerza que llamaría la atención al peor de los despistados: esos animales a los que tan superiores nos afirmamos9 --que carecen del uso del lenguaje-- es complicadísimo que puedan sentirse concernidos por ella ¡ya que es una necesidad de autocomposición, ontológica!

Entonces, ¿qué hacemos aferrándonos a lenguajes formalizados como si fuesen la panacea de no se sabe qué? Alguien que conocía bien la materia --y no era un humorista-- ya advirtió que la matemática pura es la ciencia en la que no sabemos de qué estamos hablando ni si lo que estamos diciendo es verdadero. Por la misma época, con menos sentido del humor aunque más sensibilidad poética --sin dejar de tener los pies en tierra-- otro maestro de científicos y pensadores de nuestro tiempo, Jakob von Uexküll, escribía lo siguiente:

Luces ¿de ciudad?

Los grandes descubrimientos astronómicos sólo tienen sentido para aquellos que paso a paso llegaron a ellos por su propia observación. Sólo aquel cuya sed de saber y cuya fantasía permanecen insatisfechas ante la impresión estética de tranquila excelsitud que ofrece el cielo de las estrellas; sólo el que se siente impulsado fuera de las fronteras de la concepción dada es capaz y digno de conocer los secretos del cielo. Pero para el hombre normal en cuyo mundo perceptible jamás se han apartado los planetas de las grandes llanuras de estrellas fijas, para recorrer, solitarios y libres, sus caminos invisibles en el espacio vacío, para él no serán nada todos los descubrimientos astronómicos más que incomprensibles ejemplos de cálculos en que cree sin haberlas visto, porque no le despiertan el menor interés (Ideas para una concepción biológica del mundo, p. 234; el artículo en concreto es ``La imagen del mundo de la biología'').
La cualidad --que al final es la que da tanto belleza como dignidad a cada uno de los seres en los que ha tenido a bien mostrarse-- se niega a apartarse del sitio central a efectos de los ojos que, en según que caras, probablemente muestran una salud óptima. Recurriendo de nuevo a von Uexküll: Y final y definitivamente, la biología nos enseña a conocer las fronteras que son puestas a nuestro saber por la construcción conforme a plan de nuestra propia personalidad, pues en la debida limitación descansa la conformidad a plan. Termina así, como toda verdadera ciencia, no con una respuesta, sino con una interrogación (el mismo artículo, p. 239)

¿Conclusión?

Y estas precisiones, ¿qué quieren decir en el ámbito concreto de estas páginas? Que en lo tocante a la epistemología se ha perdido de vista el verdadero terreno en el que tiene sentido plantearse la reflexión: en aras a exactitudes y precisiones técnicas hemos convertido la meditación epistemológica en una tierra imposible de pisar sin una elevada cualificación técnica --técnica en sentido técnico, por supuesto-- en la que la finura exigible a los ajustes de las piezas es cada vez mayor...lo que, en buena sensatez, nos dará un trabajo cuyo valor será elevadísimo en este aspecto, pero que en ningún caso valdrá como respuesta a esas cuestiones en las que, de una u otra forma, el hombre trataba de encontrar su lugar en el cosmos porque, y quede claro de una vez, el trabajo es de estupendo mantenimiento, pero con tanta exigente minucia la maquinaria no funciona dos minutos seguidos. De hecho, todos conocemos como las exigencias de esa actitud han llegado a tal extremo que se prescinde de la palabra como tal, que es sustituida por meros signos funcionales. En esquema se trata de:

  1. El lenguaje del que estamos dotados los seres humanos no se entiende y carece de sentido sino es como fenómeno a compartir.

    1. Nacer en una determinada comunidad implica crecer dentro de un lenguaje concreto, lenguaje que nos proporcionará la visión del mundo que tendremos como referencia el resto de nuestra vida.
    2. Como nosotros, el lenguaje tiene vida en sus propios términos: cambia y evoluciona --en nosotros mismos, para empezar-- de múltiples maneras, desde derivaciones costumbristas y anecdóticas que se fijan y generalizan hasta agudas matizaciones deudoras del ingenio individual que también acaban imponiéndose al reconocerse que son de provecho común.
  2. En nuestros días podemos contemplar estos dos procesos con toda facilidad:

    1. El mundo de la ciencia y la técnica, en su frenética actividad, tiene una inacabable necesidad de vocabulario nuevo, de tal modo que tanto hay casos en los que se recurre a neologismos o cultismos tipo ``autopoiesis'' para definir ciertos conceptos como, en el extremo opuesto, se denomina a determinadas sustancias recién descubiertas --genes, proteinas, asteroides, etc.-- con una serie de números y letras absolutamente crípticos que, para el profano, tienen un aspecto tan aleatorio como impenetrable. La dificultad de comunicación en ambos casos es notable: no hay más diferencia que en el primer caso le concedemos una cierta oportunidad en tanto que en el segundo ni eso.
    2. Las metáforas se anquilosan. Un ejemplo: hace unos días surgía la noticia de que unos científicos australianos habían constatado que la velocidad de la luz no es la constante del universo que decía Einstein, puesto que de acuerdo a sus mediciones había perdido velocidad y eso significaba que ``envejecía''. ¿Envejecer? ¿La velocidad -una relación- de la luz? Parece que también nuestras metáforas envejecen porque, ¿no cabría esperar ahora alguna no tan vieja como la de la edad? ¿O es que no estamos entendiendo nada y no hay tal metáfora? En ese caso, tal vez convendría aludir a los experimentos de poesía formal... ¿qué son ahora aquellos imaginativos dibujos textuales de Apollinaire, por dar un nombre propio?
  3. Respecto a esto nos topamos con un tema de meditación tremendo: el lenguaje siempre ha pertenecido a su mundo, el que sea o haya sido, y resulta que ahora que las cosas van a una velocidad de vértigo, el lenguaje ha quedado claramente anticuado...o aún peor, ¿es nuestro mundo el que está obsoleto a pesar de las apariencias y la publicidad? La importancia de aclarar eso es que mientras no lo hagamos estamos condenados a pensar mal el mundo en que vivimos, fundamentalmente en algo de tanta importancia como la ética (en general) y los valores (en particular).
Así que, a fin de cuentas, no parece que sea tan importante encontrar esa definición de palabra terminante y de recibo como al principio de estas páginas parecía. Muy al contrario, si nos planteamos la cuestión desde un carácter práctico (sea todo lo ontológica que sea, el ser humano se plantea estas cosas desde su vivir y desde su aquí y ahora, es decir, en la medida que le es útil), no parece descabellado pensar en que lo que habría que hacer de una vez por todas es abandonar todo intento especulativo en ese sentido, renunciando sin remordimiento de conciencia a una definición presentable que al final siempre resulta no serlo. La alternativa estaría en dejar de utilizar la ontología del ser como base y sustituirla por una ontología del devenir para lo que, por supuesto, lo primero que habría que hacer sería pensarla.

notas

1 A. Cunqueiro, Las mocedades de Ulises, Madrid, 1985, p. 109. Volver al texto

2 G. Frege, citado por John B. Newman en ``Por qué es necesario definir la comunicación'' en Comunicación y cultura, vol. I, p. 94. Volver al texto

3 Véase V. Zuckerkandl, ``Cantar y hablar'', en Los dioses ocultos, Barcelona 1997. Volver al texto

4 ¿No cuadra aquí, sin forzar la nota en lo más mínimo, cualquier psicopatología que nos venga a la mente? Volver al texto

5 Como muestran, por ejemplo, los interesantes testimonios documentales que se pueden consultar en el libro de David Abram, La magia de los sentidos, Barcelona, 1999. Volver al texto

6 Es obvio que esto, a su vez, apunta a un problema gnoseológico que aquí no va a traspasar los márgenes de esta nota: la ubicación epistemológica del lenguaje o ¿qué pasa con la gramática universal de Chomsky? Volver al texto

7 Porque, cuando lo es, obtenemos otro tipo de resultado: por ejemplo, el lenguaje matemático e incluso él, en ocasiones, no puede evitar caer en cierta dimensión metafórica (como en el caso de la ecuación de von Foerster). Volver al texto

8Estas frases explicando la visión de Vico de la metáfora son una paráfrasis castellana de los párrafos correspondientes del artículo de Ernst von Glasersfeld, ``The incommensurability of scientific and poetic knowledge'', en http://www.dellacosta.com/methodologia/mth/mth_17_von_glasersfeld.htm" Volver al texto

9 Es muy llamativa tanta insistencia en este punto y, sin embargo, tan escasa en que el hombre sea un ser responsable...y no se trata de una fácil alusión a políticos deshonestos, vacuos e irresponsables, sino que una cabeza de la envergadura de la de Karl Jaspers, cita a alguien de la talla de Adolf Portmann en los términos siguientes:

Lo esencial es más bien el modo de existencia del hombre tomado en su totalidad --y, a partir de aquí, el texto de Portmann-- ``En el hombre encontramos una forma de vida absolutamente peculiar. Por mucho que se corresponda con el cuerpo animal y el comportamiento animal, el hombre entero está, sin embargo, moldeado como algo distinto. Cada miembro de nuestro cuerpo, cada uno de nuestros movimientos es expresión de esa peculiaridad, a la que no damos ningún nombre, pero cuya especial existencia procuramos señalar cuidadosamente en todos los fenómenos de la vida humana'', en Origen y meta de la historia, p. 63.
Es más que sabido el sentido en que uno y otro trabajan y que ni a ellos ni a nadie hay que reprocharles que no hicieran lo que jamás se plantearon hacer pero, ¡precisamente!, la solvencia del trabajo de uno y otro no está al alcance de cualquiera. Volver al texto


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